La odisea de ser emprendedor

Hamilton Flores Aguilar
Docente de escuela de comunicaciones de Utec

Ser laborioso es una de las cualidades que junto a otras muchas caracterizan a cualquier salvadoreño, en su propia tierra y cualquier parte del mundo, por lo que esa es la carta de presentación de todo compatriota; sin embargo, vivimos en un país con pocas oportunidades en el campo laboral formal en el que se pueda devengar un salario justo de acuerdo al conocimiento y la experiencia que las personas puedan tener, y con el agravante que los empleadores tienen la imposición de una cultura explotadora sobre la clase trabajadora.

Esas y otras muchas son las razones por las que desde hace varios años muchos salvadoreños han apostado, o se aventuran diría yo, por el mundo de los emprendimientos, negocios que nacen de la nada, con poco dinero, sin tener ningún cliente al principio, sin mercado, sin clientes, sin nada más que con la fe puesta por delante.

Cuando hablamos de emprendimiento se escucha sencillo, pero detrás de cada idea de negocio existen sacrificios de familia, inversión de dinero propio y, en ocasiones, dinero prestado para poder ofrecer la mejor imagen del producto o servicio que se está creando, con el objetivo de encontrar un nicho de mercado que no se ha explotado.

Sumado a ello en muchas ocasiones, diría yo que en la mayoría, se desconoce el proceso que lleva crear cada producto, el tiempo que se tarda para realizarlo, la inversión que se ha hecho, y no encontrar puertas abiertas o clientes es una frustración para cualquier emprendedor.

Cualquiera desde otra posición podrá observa un negocio, quizá ya consagrado, y pensará o elogiará a su propietario, lo verá como un ejemplo, lo destacará en todo sentido, sin conocer que detrás de esa imagen que ahora proyecta hay interminables semanas de desvelos, pérdidas económicas, aguantadas de hambre, deudas, finanzas en números rojos, frustraciones, y un sinfín de factores que a ese hombre o mujer le ha llevado uno, dos, y quizá hasta más de tres años para lograr estabilizarse un poco.

Esa es precisamente la odisea a la que me refiero con el encabezado de este artículo, pues en este país quizá sería menos complicado el tema de los emprendimientos si hubiese mayor apoyo desde todas las aristas enfocadas en el desarrollo del país. Y con esto no estoy diciendo que varios sectores no apoyan al emprendedor, claro que sí los hay, y muchos, pero el problema radica en estos casos que a este tipo de beneficios no puede acceder cualquiera, pues las empresas grandes que tienen programas de apoyo ponen interminables reglamentos burocráticos que, en la gran mayoría de ocasiones, los micro y pequeños empresarios no pueden cumplir, entre otras cosas, por falta de recursos.

He ahí donde asiento mi reflexión, pues es necesario que todos los sectores estandaricen los programas de apoyo a los micro y pequeños emprendedores especialmente, por lo que debería empezarse por replantearse tanto reglamento burocrático para que, con facilidad, se pueda acceder y ofrecer sus productos en el mercado.

Para ellos es necesario que surjan iniciativas verdaderas, enfocadas en favorecer al sector; por ello, el primero que debe tomar la batuta es el gobierno central, estableciendo iniciativas tutoradas desde la sombrilla de la Comisión Nacional de la Micro y Pequeña Empresa (CONAMYPE), que es la que busca fomentar, proteger y desarrollar micro y pequeñas empresas protagonistas, fortaleciendo tanto su capacidad transformadora como su excelencia, para que se integren e incidan en el desarrollo económico nacional y territorial, de forma inclusiva, sostenible y justa.

El sector privado, como ya dije antes, debería facilitar el acceso de tanto emprendedor, de todos los rubros a su participación de mercado y, desde luego, impulsar campañas más agresivas que permitan hacer conciencia social sobre la importancia del apoyo a los emprendedores. Así creo yo podemos, algún día, contar con un país más justo, no solo en este sector, sino en todo sentido.

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