José Adolfo Araujo Romagoza: un legado de vida para la educación superior en El Salvador

Por: Antonio Herrera Palacios

“Con una población educada y sobre todo culta, cualquier sendero, por muy pesado, escabroso y empinado que sea, puede resultar en una aventura genial; por lo tanto, no hay porqué hacer el camino del aprendizaje más miserable y presionado de lo que ya éste es”, reza un pensamiento de introducción al libro 150 cartas educativas y más, para el que quiera aprender, de la autoría de uno de los insignes fundadores de la Universidad Tecnológica de El Salvador, José Adolfo Araujo Ramagoza.

El ilustre académico, quien ha partido hoy del mundo terrenal, deja tras de sí un invaluable legado para la educación superior en El Salvador, que solo puede ser medida en su gran magnitud por aquellos que tuvieron la dicha de conocerle y de trabajar junto a él por brindar al país una educación superior de alta calidad.

Araujo Romagoza, un profesor de educación técnica e ingeniero industrial y vicerrector de planeamiento educativo de la Utec, se caracterizó toda su vida por su compromiso social y por su anhelo de formar ciudadanos integrales y con conciencia sobre su papel como agentes de cambio en la sociedad. Precisamente en la primera carta educativa de su libro expresa ese anhelo cuando dice “el aprendizaje, probablemente, se convertirá dentro de poco en un juego serio; en el que los estudiantes decidirán lo que aprenden, midiendo las consecuencias de sus decisiones y teniendo presentes los beneficios y objetivos por lograr”.

Como bien cita el periodista Wilber Góchez en una entrevista con Araujo Romagoza en ocasión del 35 aniversario de este centro de estudios superiores, “podría ser que Adolfo Araujo, uno de los fundadores, sea considerado como la mente maestra de la Utec porque ha sido el encargado de definir las líneas de los modelos de formación que en más de tres décadas se han venido implementando”. Y es que, como parte de su legado a la educación superior, el académico ha guiado las transformaciones y los cambios curriculares que han permito que la Utec se posicione como un ente educativo comprometido con formar profesionales con valores y con las competencias necesarias para contribuir a las transformaciones que el país necesita.

Sin duda, sus pensamientos de avanzada sobre la educación van más allá de simples palabras y encierran en ellos una profunda conciencia sobre el rumbo que el país debe tomar para salir del subdesarrollo. “En el pasado, se trataba de que un estudiante experimentara ‘nuestro programa’; en el futuro, se tratará de que el estudiante muestre su experiencia en ‘su programa’, que se dirigirá hacia los objetivos fijados con antelación por consenso entre ‘el aprendedor’ y ‘el guiador’, describe su carta educativa número dos.

Para Araujo Romagoza la educación es el punto de luz que diluye los temores, como bien lo relata en un artículo publicado en el 2011 en conmemoración del 30 aniversario de fundación de la Utec, en el que, entre otras cosas, describe cómo la Utec surgió en un momento de convulsión social, entre el desconcierto de bombas y metrallas de la guerra civil que vivió el país. “De repente podemos, sin pretenderlo, revivir viejos silencios que se apretaron en nuestras gargantas, silencios que surgieron producto de una reflexión profunda, objetiva y humana, porque, pese a la adversidad con la que surgimos, nos dimos cuenta de que nuestra principal consigna era llevar la educación a amplios sectores poblacionales. Y lo estamos logrando”.

Fito Araujo, como le llamaban cariñosamente en la Utec, deja este mundo físicamente, pero su legado para la educación del país vivirá por siempre en frases que quienes convivieron de cerca con él o tuvieron la oportunidad de participar en una capacitación, en una charla, en una conversación de amigos, recordarán como parte de su filosofía educativa, o en sus escritos y libros que registran en blanco y negro ese pensamiento progresista sobre el valor de la educación. “Una vez más, sostengo que los que están convergiendo hacia una vida profesional son testigos de nuestra realidad académica. Son el fruto, son el producto, son la flor querida de la simiente que un día sembramos. Ellos van por la vida, caminan la historia de El Salvador, entregan lo que recibieron y conservan. No son egoístas, porque, por sobre todas las cosas, sabemos que dar es la satisfacción más grande”.

 

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