Formación por competencias: dirección para el aprendizaje, la enseñanza y la evaluación

Dr. Jesús Marcos Soriano

El proceso formativo de los estudiantes debe tener direcciones claras para que los estudiantes, con la orientación del docente, no dispersen su atención y se les haga difícil aprender lo que tienen que aprender.

Aprender por aprender no es el propósito de la educación, pues, aunque se desarrollen capacidades, si estas no responden a las necesidades de la sociedad y al desarrollo integral del educando, en función de la vida y su interacción e interdependencia con el contexto, no es educación.

Enseñar por enseñar, tampoco es el propósito de la educación, pues la enseñanza se debe planificar y desarrollar en función de lo que los estudiantes deben aprender. Además, es necesario enfatizar que enseñar no es transmitir información para que posteriormente los estudiantes la repitan en los exámenes.

Cuando esta se reduce a exposiciones, por muy bien que el docente se exprese y muestre dominio del contenido que expone, esto no implica que todos los estudiantes aprenden, pues el aprendizaje lo construye cada uno, dependiendo de varios factores: el contexto donde se desenvuelve, las experiencias previas, su nivel de madurez, sus necesidades, intereses y problemas y sus características personales en cuanto a ritmo y estilo de aprendizaje.

Cuando la enseñanza se reduce a exposiciones, a todos los estudiantes se les presenta la misma cantidad de información, a la misma velocidad, en el mismo orden y con los mismos recursos; no se respeta el ritmo y estilo de aprendizaje, no se respetan las diferencias individuales y, por muy buena que sea la exposición, no se les facilita el aprendizaje, aunque para exponer se utilicen equipos de proyección.

Evaluar por evaluar, tampoco es bueno para el proceso formativo de nuestros estudiantes, y si se reduce solo a medir cuánto aprenden para asignar notas que solo son útiles para decidir la aprobación de los estudiantes y no para retroalimentar y decidir qué acciones tomar para favorecer el aprendizaje, entonces no se está evaluando.

Con la formación por competencias se le da dirección al proceso de aprendizaje, pues el estudiante sabe lo que tiene que aprender, competencias – conocimientos, habilidades y actitudes – claramente formuladas y comunicadas a ellos y, si responden a las necesidades de la sociedad y a los intereses de los estudiantes, la motivación por aprender es mayor; además, si el estudiante sabe lo que tiene que aprender, busca en diferentes fuentes las oportunidades para adquirir el dominio de las competencias y su participación en el desarrollo del proceso de enseñanza – aprendizaje es más activa.

La formación por competencias está centrada en el aprendizaje, en el estudiante; por ello es necesario que él sea el principal actor en el proceso formativo. El principio de aprender haciendo debe aplicarse para garantizar el dominio del aprendizaje, ya que las clases expositivas no garantizan un aprendizaje efectivo. La formación por problemas, por proyectos y con casos reales contribuye al desarrollo de las competencias, los estudiantes tienen mayor participación y la formación no se reduce a la clase presencial o virtual, pues tienen que planificar, investigar y generar alternativas de solución, lo que implica construir conocimiento y aplicarlo. La simulación es muy importante, cuando no es posible actuar en la realidad. El aprendizaje que no tiene aplicación práctica, que no tiene relación con las necesidades de la sociedad y del estudiante, que no contribuye a resolver problemas, no motiva a los estudiantes a aprender y, aprender por aprender no motiva.

 

Evaluación compleja

La evaluación de competencias es más compleja que la administración de pruebas objetivas de selección múltiple, pareamiento, verdadero o falso, respuesta corta, ubicación, etc., o las pruebas de ensayo que miden solo el conocimiento y, especialmente, miden solo la memoria y la comprensión para asignar notas al estudiante.

Esta medición del aprendizaje que se ha practicado no facilita la toma de decisiones para favorecer el aprendizaje, porque no se hace un análisis de resultados en función de los aprendizajes que deben ser logrados y medidos, y no se formulan juicios de valor respecto a cada estudiante en función de sus logros.

Las competencias son más que conocimiento y comprensión, es la integración de conocimientos, habilidades, actitudes y valores para resolver problemas reales, para satisfacer necesidades, para construir mejores condiciones de vida. Una competencia es un hacer fundamentado en un saber científico y realizado con la actitud apropiada, para resolver problemas concretos.

La evaluación de competencias demanda la evaluación en condiciones reales o simuladas, en las que el estudiante debe demostrar el nivel de dominio de la habilidad, que debe estar fundamentada en conocimiento científico y realizada con la actitud apropiada para los beneficiarios y para el estudiante. Listas de cotejo, escalas de calificación, pero, especialmente, rúbricas deben ser los instrumentos con los que debe evaluarse el nivel de dominio de las competencias.

La evaluación debe ser diagnóstica, para respetar el nivel de entrada de los estudiantes y aprovechar los presaberes, para que los estudiantes construyan sus conocimientos a partir de ellos.

La evaluación debe ser formativa, para facilitar la retroalimentación constante del estudiante y del docente y orientar adecuadamente el aprendizaje.

La evaluación debe ser sumativa, para certificar el nivel de dominio de las competencias, lo que facilita la decisión de aprobación o reprobación.

La evaluación de competencias debe promover la autoevaluación, la coevaluación y la heteroevaluación, para que contribuya a facilitar el aprendizaje.

Sin evaluación constante no hay posibilidad de orientar adecuadamente el aprendizaje del estudiante. Evaluar no se reduce a administrar pruebas objetivas y asignar notas; deben formularse juicios de valor sobre el nivel de dominio que los estudiantes alcanzan de las competencias evaluadas.

     

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