Formación por competencias ¿por qué? ¿para qué?

Dr. Jesús Marcos Soriano

La formación de los estudiantes, en todos los niveles del sistema educativo, debe tener un propósito claramente definido, el cual no debe reducirse a la formación de la “mano de obra calificada” que necesita el sistema productivo, el sistema económico, para producir, distribuir y consumir bienes y servicios.

Las personas no viven solo en el puesto de trabajo, el cual puede estar dentro de una empresa, en el hogar o en otro ambiente donde tiene que desempeñar sus funciones; tampoco sus relaciones se reducen únicamente a lo laboral. Viven en un contexto natural, social, económico, político, cultural y espiritual, en una relación de interdependencia con los seres vivos y no vivos con quienes les toca compartir su vida, en el planeta, en la región, en su país, en su ciudad, en su comunidad, en su hogar y en el trabajo.

En cada uno de esos contextos tiene que enfrentar crisis, obstáculos, limitaciones que afectan a todos, aunque en diferente medida. La educación sistemática no debe estar al margen de la realidad; debe formar a los estudiantes para que puedan enfrentar los diversos desafíos que se le plantean y a los que tendrá que enfrentar en el futuro.

La UNESCO (1998), en la Declaración mundial sobre la educación superior en el siglo XXI, en el preámbulo dice lo siguiente:

Dado el alcance y el ritmo de las transformaciones, la sociedad cada vez tiende más a fundarse en el conocimiento, razón de que la educación superior y la investigación formen hoy en día parte fundamental del desarrollo cultural, socioeconómico y ecológicamente sostenible de los individuos, las comunidades y las naciones. Por consiguiente, y dado que tiene que hacer frente a imponentes desafíos, la propia educación superior ha de emprender la transformación y la renovación más radicales que jamás haya tenido por delante, de forma que la sociedad contemporánea, que en la actualidad vive una profunda crisis de valores, pueda trascender las consideraciones meramente económicas y asumir dimensiones de moralidad y espiritualidad más arraigadas.

De acuerdo con lo anterior, las instituciones de educación superior no deben estancarse en su oferta educativa; es necesario que, permanentemente, estén adecuando no solamente su misión y su visión, sino sus planes de estudio, el enfoque curricular, las estrategias metodológicas y las modalidades de entrega para ofrecer una educación de calidad, con la relevancia y la cobertura que demanda la sociedad.

García y Maquilón (2010, p19) señalan lo siguiente:

La globalización, la revolución tecnológica, la ausencia de valores, la multiculturalidad, las migraciones y la actual crisis económica con sus altos índices de paro, sus fenómenos sociales que, entre otros, constituyen un fiel reflejo de los cambios que está experimentando el mundo en el que vivimos. La universidad no puede vivir ajena a esos cambios, ya que sus egresados proyectan sus aprendizajes y aplican sus competencias en el contexto social en el que desempeñan su profesión.

En el literal b) del Artículo 1 de la Declaración mundial sobre la educación superior en el siglo XXI, la UNESCO señala la necesidad de:

formar ciudadanos que participen activamente en la sociedad y estén abiertos al mundo, y para promover el fortalecimiento de las capacidades endógenas y la consolidación en un marco de justicia de los derechos humanos, el desarrollo sostenible la democracia y la paz.

Y para garantizar que la educación superior atenderá todos los aspectos señalados anteriormente, el Reglamento General de la Ley de Educación Superior establece que:

Las Instituciones de Educación Superior, atendiendo exigencias legales y otorgándole prioridad a las diferentes especialidades, naturaleza institucional y contenidos programáticos, incluirán como ejes transversales, según correspondan, en los planes de estudio, aspectos relacionados a) Ética Gubernamental. b) Idioma español. c) Idioma inglés. d) informática. e) Educación Ambiental. f) Derechos Humanos. g) Educación Inclusiva. h) Gestión para la reducción del riesgo a desastres. i) Prevención a la violencia intrafamiliar y de género. Lo anterior debe garantizarse en carreras y asignaturas que por su especialidad deban orientarse a las áreas antes señaladas.

La universidad debe formar a sus estudiantes con las competencias (habilidades, conocimientos y actitudes) que les permitan comprender y adaptarse críticamente a los cambios, que les permitan enfrentarse a los desafíos que tendrá en todos los contextos, no solo en el trabajo.

En el mismo preámbulo de la Declaración, la UNESCO dice:

En los albores del nuevo siglo, se observan una demanda de educación superior sin precedentes, acompañada de una gran diversificación de la misma, y una mayor toma de conciencia de la importancia fundamental que este tipo de educación reviste para el desarrollo sociocultural y económico y para la construcción del futuro, de cara al cual las nuevas generaciones deberán estar preparadas con nuevas competencias y nuevos conocimientos e ideales.

Con base en lo anterior, podemos asegurar que la formación de los estudiantes no debe reducirse a la acumulación de información (aprendizajes de memoria), sino, debe promover un desarrollo integral, debe desarrollar competencias que impliquen aprendizajes conceptuales (conocimientos), aprendizajes procedimentales (habilidades) y aprendizajes actitudinales (actitudes y valores) acordes con el ritmo de desarrollo de la sociedad y de los diferentes contextos en los que se desenvuelve. Esos aprendizajes deben desarrollarse de forma integrada, no aislados, pues el desempeño y la actuación no separan el hacer del saber, ni de la actitud con la que realizar el hacer.

La formación por competencias demanda un cambio de paradigma educativo, pasando de centrar la atención en la enseñanza y el profesor a centrarse en el aprendizaje y en el estudiante, involucrándolos en la construcción activa de su aprendizaje; cambiar los planes de estudio por contenidos u objetivos, a diseñar perfiles profesionales por competencias y unidades de aprendizaje con metodologías y nuevos modelos de evaluación, acordes con la formación por competencias; a dirigir el proceso de aprendizaje en función de problemas, proyectos, casos, etc. que faciliten el desarrollo de las competencias; a evaluar no solo aprendizajes de memoria, sino las habilidades, conocimientos y actitudes que integran las competencias, con propósitos diagnóstico, formativo y sumativo.

La formación por competencias permite comunicar a los estudiantes el nivel de dominio que logran de las competencias que conforman el perfil profesional de la carrera que estudian, lo que permite a los empleadores una mayor comprensión de su desempeño profesional y, por lo tanto, de la selección de profesionales y técnicos en función de las competencias requeridas y las que domina el estudiante.

Bibliografía:

García Sanz, M. P., Maquilón Sánchez, J. J. (2010). El futuro de la formación del profesorado universitario.  Recuperado el 22 de enero de 2019. Disponible en: https://www.researchgate.net/publication/277262959_El_futuro_de_la_formacion_del_profesorado_universitario

Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología. (2019). Reformas al Reglamento General de Educación Superior. El Salvador: Diario Oficial.

Tecnológico de Monterrey. (2015). Educación basada en competencias. Monterrey: Observatorio de Innovación Educativa. Reporte EduTrends. Recuperado el 5 de febrero de 2019. Disponible en: http://www.redage.org/sites/default/files/adjuntos/edu_trends_ebc.pdf

Torelló, O. M. (2011). El profesor universitario: sus competencias y  formación. Barcelona. Grupo CIFO. Recuperado el 10 de enero de 2019. Disponible en:    https://www.ugr.es/~recfpro/rev153COL1.pdf

     

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