Monseñor Romero: el santo de la paz y patrono de los pobres

Así perciben y catalogan al obispo mártir los feligreses que día con día llegan elevar sus plegarias al pie de la cripta en la catedral metropolitana.

Texto: Wilber Corpeño
Fotos: Hugo Henríquez
La Palabra Universitaria

El 24 de marzo de 1980 fue asesinado el obispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, un religioso que se caracterizó por endurecer su posición en la defensa de los derechos humanos, por promulgar la paz entre compatriotas, por velar por los intereses de la clase empobrecida y humilde que era la más afectada en aquellos tiempos en que se fraguaba el inicio irreversible de la guerra militar en el país.

Esa posición que domingo a domingo era cada vez más clara en sus homilías permitió que la feligresía y, especialmente las clases sociales que resultaban agobiados por aquel contexto, depositarán en el obispo, en su pastor, en su guía espiritual, enormes esperanzas para que se equilibrará la situación y hubiera justicia social, disminuyera la represión y se respetaran los derechos humanos, pero, eso, le significó un sacrificio por su pueblo ya que se echó en contra a las clases de poder e, incluso, hasta a miembros de su misma iglesia.

Después de su asesinato aquel lunes 24 de marzo, mientras oficiaba una misa en la capilla del hospital Divina Providencia en San Salvador, las plegarias de la feligresía eran aún más intensas, encomendadas directamente al mismo obispo, pues los católicos creían en su intercesión ante el creador, tenían fe en que el arzobispo mártir podía complacer sus tumultuosas peticiones, la gente dedicó sus petitorias desde aquel momento pues veían en el él al santo de la paz y patrono de los pobres.

Ya ha pasado 38 años desde aquel histórico acontecimiento que marcó el inicio del conflicto armado, casi cuatro décadas han sido dedicadas por miles de católicos en el mundo elevando sus plegarias al cielo dirigidas a Monseñor Romero para que, por medio de su intercesión, haya paz en el mundo, haya justicia, desaparezcan milagrosamente enfermedades y dolencias y otras muchas peticiones que han sido cumplidas y, algunas de ellas, comprobadas, y que le han valido que a partir del 14 de octubre de 2018 el papa Francisco lo declare santo, el primer santo de los salvadoreños, San Óscar Arnulfo Romero.

Día con día son muchas las personas que visitan la cripta del obispo mártir en catedral metropolitana, algunos lo hacen por costumbre de llegar, sentarse, meditar y lamentar la forma en que fue asesinado, otros lo hacen para arrodillarse frente a sus restos y hacerle peticiones especiales y, otros incluso, lo hacen por curiosidad, para constatar que estar en ese lugar simplemente se siente tranquilidad y se puede ser testigo de primera mano de la devoción y el amor que la gente que le conoció sigue expresando con lágrimas en sus ojos.

Precisamente así, con sus ojos húmedos y meditando frente a la cripta estaba doña Ana Silvia Uribe de Orellana, quien dice que para ella San Óscar Arnulfo Romero fue un profeta en aquellos tiempos difíciles, fue hombre al que Dios le dio sabiduría para tratar con el contexto social que el país vivía.

“En esos tiempos era bien difícil, uno tenía que escuchar sus homilías por el radio y se sentía su amor por el pueblo. Fue un hombre santo y bello, fue un profeta que Dios nos dio, fue la voz de los sin vos, siempre estaba pendiente de la gente pobre, de la gente que sufría la injusticia social; siempre habló con la verdad, en todo momento buscó la paz porque el Señor le dio la fuerza para poder hablar”, dijo entre lágrimas doña Silvia, quien viaja desde Ciudad Delgado para meditar y lamentar el martirio del obispo.

Por su parte, doña Marina de Torrez dijo que monseñor Romero es un ejemplo de vida para la humanidad, para todas las nuevas generaciones. “Al estudiar lo que San Óscar Arnulfo Romero hizo y fue, nos deja un sentimiento de fe, de inspiración y de motivación a seguir su ejemplo, aunque eso signifique muchos sacrificios. Debemos sentirnos orgullosos de tener nuestro primer santo”, exclamó.

“Para mi San Romero significa todo, es lo máximo. Era una persona buena, amable, cariñoso, lindo con la gente, era una persona especial, por eso ahora que lo declaren santo debemos sentirnos orgullosos y felices”, dijo entre lágrimas doña Ana María Avalos, quien en aquellos años y en el momento del asesinato trabajaba en el Hospital de la Divina Providencia.

La canonización del obispo, que será en horas de la madrugada en El Salvador y media mañana en Ciudad del Vaticano, Roma, Italia, ha permitido la movilización de miles de personas algunos de diversas partes del mundo hacía aquella ciudad europea y, otros que decidieron celebrar junto a la comunidad en El Salvador, ese es el caso de doña Ana Chávez, que ha venido desde Los Ángeles, California, Estados Unidos, para ser parte de las diversas actividades que la iglesia ha coordinado para el fin de semana.

Para ella Monseñor Romero es verdaderamente un santo, por su lucha, por el amor que mostró al pueblo en sus tiempos de máximo jerarca de la iglesia. “Pienso que por medio de él a lo mejor nuestro país alcanza la paz, esa que tanto anhelamos, porque es nuestro profeta, porque es el santo de la paz y patrono de los pobres. Por eso he venido desde Estados Unidos, especialmente para celebrar su canonización”, dijo entre lágrimas la compatriota.

     

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