De vendedor de lotería a Hijo Meritísimo de El Salvador

Yo le digo a los jóvenes que el ser pobre no es motivo para no sentirse triunfador, yo a veces no ando ni para el bus, pero me siento orgulloso, me siento satisfecho de lo que hago”.

Por: Edgardo Portillo

El reloj marca las ocho de la mañana y, como se había pautado, se escucha un buenos días de esos que levantan el espíritu; al ver hacia un costado estaba frente a nosotros un hombre sonriente, lleno de sencillez, pero que al mismo tiempo su aura irradia felicidad. Entre risas y bromas saludó a todos sus compañeros de trabajo, hizo un par de llamadas telefónicas para posteriormente dedicarnos un espacio en su agenda y compartir parte de su vida.

Tras dar las coordenadas a sus amigos nos saludó, lo primero en decirnos fue “no me vayan a preguntar de mis novias” y con una sonrisa nerviosa nos dio el punto de partida para conversar con él; su nombre Carlos López Mendoza, reconocido por su gran experiencia dentro de Cruz Roja Salvadoreña; un héroe sin capa que ha salvado la vida de muchas personas en diversas situaciones que ha pasado el país.

Todo inicia un 2 de abril de 1939, en el departamento de La Paz, fecha en la que nace el protagonista de esta entrevista, Carlos López Mendoza, quien es el mayor de tres hermanos.

En su etapa de niñez estudiaba para ser alguien en la vida, entre carcajadas reconoce que era malo para los estudios, llegando al punto de aplazar tres veces el cuarto grado; tras una infancia muy corta por no haberla disfrutado como los demás niños, López tuvo su primer golpe, pues a la edad de trece años murió su padre.

En ese momento López, junto a su familia, se encontraban alquilando en el mesón Galdámez ubicado en el centro de San Salvador. Tras la muerte de su padre, López se convirtió en el hombre de la casa pues se vio obligado a llevar parte del sustento a su hogar. Mientras su madre trabajaba haciendo oficios varios como lavar ropa, hacer limpieza en casas ajenas, López dejó los estudios y se enfrentó a un mundo desconocido en el que trabajar era su única opción, a pesar de eso siguió con sus estudios en horario nocturno hasta lograr sacar la primaria.  “Yo saqué mi primaria en la escuela nocturna de boxeadores, ahí solo estudiábamos los vendedores de periódicos”, durante el día se levantaba muy temprano para salir a vender periódicos, luego vendía billetes de lotería, también vendió dulces en los cines de San Salvador y se dedicó al oficio de lustrabotas.

Este es el oficio que más satisfacción le dejó, pues fue ahí donde conoció grandes artistas del cine de oro de México. “No quiero pasar sin decirles que de todos los oficios que hice en la calle, una de las satisfacciones más grandes que yo me di el lujo de limpiarle zapatos a artistas de ese tiempo que, por cierto, uno ya cumplió años de fallecido, Pedro Infante. También a Tony Aguilar, Víctor Manuel Mendoza, Lon Chaney, Anthony Dexter, Marta Roth, ya que aquí vinieron hacer una película con la Columba Domínguez”, eso es lo mejor que me ha pasado en mi infancia.

 

Mi voluntario surge por un aviso importante

En su etapa de juventud, soñaba con ser Scout y para 1970, a sus 31 años, ya se había convertido en repartidor de leche y un día se encontraba repartiendo el producto al último negocio que visitaba, donde el dueño del restaurante El Napito era gran amigo de López, con la mirada fija recuerda y comenta “llegó un niño llorando y le dijo, <<mire don Chepito, fíjese que mi mamá va a tener un niño y, el hombre del negocio, llamó a la Cruz Roja>>, al llegar la ambulancia yo de curioso le dije a la enfermera, le voy ayudar señorita y me fui con ellos para la casa donde estaba la emergencia, ahí le pregunté y cómo se hace para entrar a la Cruz Roja y, me dijo, ahí no te van ni a pagar, pero si querés llegate”.

Tras esa experiencia Don Carlos no perdió las esperanzas, cuatro años después, cuando cumplió 35 años, leía un periódico nacional cuando vio un anuncio que decía “hágase voluntario, salve vidas, reciba un curso completamente gratis y, dije, aquí me voy yo y me inscribí. Desde entonces nunca he faltado, solo cuando me enfermo”. Con una gran carcajada, sigue recordando su historia.

Tras entrar a la institución comenzó a ascender en puestos dentro de la misma, de igual manera su experiencia se fue acumulando al grado que tiene miles de recuerdos de tanta gente que les ha colaborado en cualquier emergencia, pero sostiene que la vida del voluntariado no es fácil, ya que se sufre.

 

Terremoto de 1986, una situación difícil para mi familia

Entre remembranzas y duras experiencias, López dice que hay una que jamás podrá olvidar.  Corría el año de 1986 cuando un fuerte terremoto sacudió el país, Don Carlos recuerda que él perdió todo lo que había logrado a base de esfuerzo y trabajo. “Siento el terremoto del 86, porque se cayó la casa donde vivíamos en el barrio San Jacinto y nos quedamos en la calle y pues, no teníamos donde ir. En eso llegó un primo hermano que pequeño lo crío mi mamá y había prosperado, él tenía una casa abandonada y nos dijo que nos fuéramos a vivir ahí y desde entonces estamos en esa vivienda ahí en San Miguelito. Solo me dijo, paga la deuda al Fondo Social vos”.

Además del terremoto otra de las experiencias que nunca olvidará es el conflicto armado, ya que según comenta fue difícil ver como los mismos salvadoreños se asesinaban por, según su opinión, “defender posturas” que no tenían nada de bueno para nadie. Desde la institución aprendió los cursos básicos de primeros auxilios y aprendió cómo actuar al momento de estar en medio de un enfrentamiento.  “A nosotros nos prepararon para afrontar ese tipo de conflicto porque se daban situaciones en que teníamos que defender no a los armados, sino que la vida de la víctima y eso me sirvió ya que era una frase que más ocupaba en los enfrentamientos; todo combatiente herido deja de serlo cuando está lesionado”, esto lo llevó a dejar de ver quien era de un bando u otro, su objetivo era brindar asistencia médica a los necesitados.

La familia y el voluntariado

López Mendoza está consciente que el trabajo de socorrista le ha dado la oportunidad de ser un héroe para muchos y para su familia lo ha sido aún más, y es que el apoyo incondicional no ha sido fácil, pues luego de perder a su esposa quedaron a su cargo sus dos hijas, una de cuatro y la más pequeña de dos años de edad, afortunadamente el apoyo de su madre le sirvió para sacar adelante a sus hijas, pero los problemas se complicaban pues sus retoños le reclamaban más tiempo para ellas, ya que ni su familia lo detenía para que él siguiera en la Cruz Roja.

Con el correr del tiempo eso ha cambiado y hoy es un padre y abuelo orgulloso de la familia que formó, a pesar que su madre ya partió de esta vida, la recuerda con mucho orgullo, pues ella le enseñó todo lo que es en la vida.

Su trabajo dentro de la institución ha sido muy oportuno, sus amigos y compañeros de trabajo le tienen admiración y respeto, gracias a sus reportes de trabajo y la información que transmitía a los medios para que compartieran los hechos que acontecían en el país se fue ganando poco a poco el título de vocero oficial de la Cruz Roja, esto no cayó en gracia a los jefes de Mendoza, pues esa plaza no existía en la institución, pero fue tan influyente su rol institucional que habilitaron esa plaza de manera formal y es la que actualmente mantiene Mendoza. “Gracias a ustedes los periodistas es que me dieron este nombre, yo solo daba la información, esto se lo debo a Dios y a ustedes”, dijo.

Hijo Meritísimo

Tras su gran trayectoria dentro de la institución, en julio del 2016, los diputados de la honorable Asamblea Legislativa reconocieron el trabajo de Carlos López Mendoza nombrándolo Hijo Meritísimo de El Salvador, premio que nunca se imaginó que recibiría. 44 años de trabajar para el servicio de los salvadoreños lo ha llevado a convertirse en el hombre insignia de la Cruz Roja salvadoreña. “Esa noticia me la dio una periodista, Iris Ramírez, fue en una fecha especial, estaba en mi cumpleaños cuando me habló y me dijo: Don Carlitos aquí en la Asamblea lo acaban de aprobar, lo nombrarán hijo meritísimo, y ya le van a mandar la notificación. Vaya pues, le dije, ahí que me avisen, yo dije hasta no ver no creer y así fue, se llegó el día y me avisaron que llevara a los invitados que quisiera, fueron mis hijas y mis nietas.

Carlos López Mendoza guarda algo muy especial en su corazón y esto lo ha llevado a ser una persona muy importante, pues siempre siguió los consejos de su madre. “El valor más significativo que me enseñó mi mamá es ser un hombre espiritual, porque, aunque no me lo crean yo todos los días me levanto temprano y hago mis oraciones y eso me ha llevado por la vida”.

Tras el tiempo dedicado a la entrevista, el hijo meritísimo y héroe sin capa confesó que está preparando un libro el cual llevará las historias que ha vivido dentro de la Cruz Roja, su publicación estará en los próximos meses, al cual ha titulado Lo que nunca dije, porque considera que tantas experiencias que ha vivido debe contarlas antes de partir de esta vida y animó a los jóvenes a buscar las cosas buenas y despertar el servicio del voluntariado, ya que, según insistió, es algo que  necesita el país.

     

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