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Atrevámonos a amar para desarmar la violencia



Dra. Morena Guadalupe Magaña de Hernández

Coordinadora de la cátedra indígena náhuat y coordinadora del departamento de castellano de la escuela de idiomas en la Universidad Tecnológica de El Salvador.

La violencia parece formar parte de la condición humana. Es inclusive uno de los enigmas más obsesivos de la historia. ¿Cómo es posible que el mal renazca siempre y a veces en proporciones extremas los genocidios, las dos guerras mundiales, los crímenes de Stalin, Hitler y otros? ¿Saldrá el ser humano progresivamente de la bestialidad?

Las pérdidas humanas que se suman a las estadísticas diarias de violencia exponencial en nuestro país, en la región, en el mundo, esas muertes anunciadas de jóvenes hombres, mujeres, niños y niñas inclusive animales, doblemente victimizados, producto de sistemas colapsados o cuando menos a punto de colapsar, ya no deberían ser parte del diario sobrevivir de la mayoría de ciudadanos.

A veces nuestra violencia sobrepasa la de los animales. En estos últimos, se limita al combate para la sobrevivencia individual o colectiva, pero en el ser humano la violencia llega ser gratuita, malvada, cínica, desmedida, sanguinaria, exponencial.

Si la existencia humana incluye el mal, ¿cómo percibir este misterio en relación con Dios?

A veces me hago esta pregunta. Qué hace Dios frente a la violencia de los seres humanos, cómo conciliar la legítima defensa con la enseñanza de Jesús que nos dice (Mt 5,39 v 44) “no enfrenten al que les hace mal” y “amen a sus enemigos”. Ciertamente, Jesús frente a la violencia, no nos invita ni a la pasividad, ni a la contra violencia, aunque sea por una causa justa, por el contrario, nos enseña que el remedio contra el incendio no es el fuego sino, el agua.

Vemos pues que, en el corazón de la violencia, el camino de la paz es oponer el amor al odio, la solidaridad al egoísmo, el respeto a la intolerancia, el aprecio al desprecio, el perdón y reconciliación a la venganza. Si el odio se alimenta de odio, privado de este alimento sin duda alguna se disipa.

Jesús nos propone otra solución: “poner la otra mejilla” (Mt 5,39) que se vuelve un gesto de suprema humanidad que cambia el mal por el bien. ¡Qué difícil verdad! No obstante, creo que el ser humano todavía es capaz de amar y eso nadie se lo podrá quitar. En el corazón de la grandeza humana que Jesús nos reveló, ahí reside toda su fuerza.

Recordemos que Jesús no utilizó el término, no-violencia, sino más bien, nos habló del amor a los enemigos. Por otra parte, en la historia nos encontramos con figuras como Gandhi, que nos habló de la fuerza de la verdad, además recordamos a Martín Luther King, quien nos enseñó que la no-violencia activa, también es ese ejemplo con el que Jesús nos está llamando a que practiquemos siempre la fuerza del amor.

Recordemos además a una mujer que, movida por el amor a la humanidad, nos dejó un gran ejemplo de compasión, de paz interior, de integridad y amor a la humanidad, Teresa de Calcuta.

Recuerdo que un par de años antes de casarme allá por 1979, me sentí llamada a ser religiosa, fue la persona de Monseñor Romero la que me inspiraba. Supe de él cuando aún estudiaba mi tercer ciclo de educación media. Su vida, sus homilías su entrega, pero, ante todo, su martirio el 24 de marzo de 1980, marcó mi vida. Ese día que lo asesinaron sentí un inmenso dolor en mi corazón, que me impulsó a abrasar el mensaje liberador que él inspiraba. Ese amor por la justicia, la libertad y su opción preferencial por los pobres de mi país, mi El Salvador, me marcó increíblemente.

Es precisamente por el ejemplo de estos seres que nos han legado su amor al prójimo, su compromiso y entrega, que, aún en medio de la indiferencia, todavía creo que es posible atrevernos a amar para desarmar la violencia.

Monseñor Oscar Arnulfo Romero, importante referente de la historia de El Salvador,   debería ser fuente de nuestra alegría; él que con su testimonio de entrega y de servicio gozoso a los más desposeídos inspiró a muchos salvadoreño y salvadoreñas a seguir su ejemplo, su anhelo sus sueños y esperanzas.

La historia nos presenta el mensaje de estos grandes hombres y mujeres. Martín Luther King, Gandhi, Teresa de Calcuta y, por supuesto, nuestro Monseñor Oscar Arnulfo Romero, para quienes hacer el trabajo con entrega total les significó exclusión, persecución y muerte martirial en el caso de Monseñor Romero; esa fue sin duda su más auténtica muestra de solidaridad y sacrificio que sólo un verdadero y una verdadera cierva de Dios puede tener por su pueblo.

Ese compromiso más ético que moral, sólo pudo nacerles del Ethos que ama, que cuida, que preserva. De la misma manera nosotros al estilo de esos seres, debemos servir a los demás con alegría, conscientes de que, si no se vive para los demás, la vida carece de todo sentido. Hoy que se cumplen los cien años del natalicio de Monseñor Romero, es doloroso ver como a pesar de su martirio, nuestro país sigue sumergido en la violencia, generada por la pobreza, la injusticia social y el amor exacerbado al dinero.

No obstante, Jesús nos invita a no reducir al otro, a la otra, a su violencia, pues él y ella son más que el error que cometen. Como seres sociales, culturales, ecológicos y espirituales que somos, hemos de saber que no es suficiente anunciar la Buena Nueva; hace falta denunciar lo que significa un obstáculo para la dignidad del otro, de la otra, de nuestra Madre Tierra y comprometernos a combatir el mal, de manera no violenta, tal como lo hizo Jesús durante el transcurso de la historia, sin perder de vista a los que sufren la violencia generalizada y el derrame de la sangre de sus hermanos y hermanas.

Creo firmemente que la vida puede ser verdaderamente hermosa a pesar de las adversidades, cuando nos amamos y nos perdonamos unos con otros. Si el mundo actúa por humanismo, si el ser humano actúa porque ve en cada ser desfigurado al mismo Jesucristo sufriente por nuestra propia causa; solo entonces se atreve a amar como Él, que amó incluso a sus enemigos, para desarmar la violencia.

Deseo de todo corazón que este mensaje llegue de manera especial a los jóvenes, y a todos los que, no conformes con este mundo, seguimos caminando por construir y alcanzar ese otro mundo posible, desde nuestras transformaciones, la alegría, el compromiso, la entrega solidaria en nuestro quehacer cotidiano y el servicio a los demás.

Que estos valores sean la fuerza dinamizadora que transforme a hombres y mujeres y les haga capaces de experimentar la confianza de saberse y sentirse uno con los demás, uno con la Madre Tierra, y les desarrolle la capacidad de contribuir a la construcción de un mundo mejor aquí en la tierra, para tantos desposeídos y desposeídas de las mínimas condiciones humanas, que se les niega la posibilidad de saberse y sentirse cubiertos de un mínimo de vida digna, lo cual significa violencia; por eso es urgente este llamamiento. Atrevámonos a amar para desarmar la violencia.

 

 


Post date: 2017-03-31 21:48:50
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