Un futuro truncado

Profesora Ángela Miriam Portillo Vásquez
C.E. Angelina Ángel Panameño, El Carmen, Cuscatlán.

Un futuro truncado es para aquellos adolescentes y jóvenes que se dejan absorber por la cultura suburbana actual: las pandillas. Por ello dejan de conquistar sus sueños, por un futuro incierto que solo traerá pena y dolor a sus seres queridos.

Pero esta actitud se puede cambiar solo si sus padres y madres de familia dedican tiempo para escuchar y orientar para la vida a sus hijos e hijas. Los docentes no debemos crear personas robóticas, sino formar personas pensantes para armar un verdadero triángulo.

Se prevé que el fenómeno de las maras o pandilleros, importado de Estados Unidos, ya por 1996 estaban en El Salvador en dos pandillas fuertes: por un lado, se encontraban las maras estudiantiles y, por otro, las maras callejeras.

La primera estaba vinculada con la actividad escolar de los jóvenes, entre los meses de febrero y octubre de cada año, dado que sus integrantes formaban parte de la población estudiantil que cursaba los niveles básicos y medios en el sistema escolar.

La mayor parte de este fenómeno se daba en el área metropolitana de San Salvador y en ciudades importantes del país como Santa Ana, San Miguel, Sonsonate y Usulután.

Las maras estudiantiles eran más conocidas por las riñas y batallas campales que solían provocar en los entornos urbanos, cuando un grupo de estudiantes de una institución específica chocaba con otra correspondiente a otra entidad educativa. En tal sentido, la vida y la actividad de este tipo de pandillas parecían estar más circunscritas a la rivalidad sobre las lealtades institucionales, que a la formación de grupos con estructura y propósitos con fines educativos.

La forma de los integrantes de este tipo de maras no va más allá de afiliación a veces transitoria, con una institución educativa. Fuera del entorno escolar y de los períodos lectivos, este tipo de agrupaciones no subsistía.

Por otro lado, se encuentran las llamadas maras callejeras, las cuales se diferencian fundamentalmente de las anteriores. Este tipo de pandilla, término que empezó a ser utilizado desde el estudio de Thrasher en la ciudad de Chicago 1926, citado por Feixa, 1998, se constituye por grupos de jóvenes que tienen un sentido básico de grupo y que funcionan como tal, que usualmente están vinculadas con el ejercicio de un poder territorial en barrios y colonias de la ciudad.

Estas pandillas, por lo general, se forman por jóvenes que habitan en las mismas zonas donde ellos desarrollan la mayor parte de sus actividades.

La conformación del grupo que supone la pandilla está asociada también con la aceptación de ciertas normas, valores, formas de comunicación que son sus características. Por ejemplo, las pandillas adoptan un modo concreto de vestir que los identifica como parte de una pandilla específica; utilizan códigos de comunicación sobre la base de señales o un registro distinto de palabras con sentido para ellos y adoptan ciertas reglas básicas de comportamiento al interior de las pandillas, de tal forma que les permite saber cómo proceder individual y grupalmente en circunstancias determinadas.

Estos grupos se caracterizan además por unos fuertes vínculos de solidaridad a su interior (Iudop, 1997), los cuales refuerzan y de los que se aseguran desde el mismo momento en que se someten al ritual de iniciación y aceptación al interior de la pandilla: “brincarse”.

En este sentido, la existencia y la dinámica de estos grupos van más allá de la asociación circunstancial para realizar ciertas actividades. En ciertos casos estos grupos funcionan como una familia, en la cual cada uno de sus miembros tiene responsabilidades y compromisos ante el grupo.

La violencia, las actividades delincuenciales y el consumo de drogas son las actividades más conocidas de estos grupos, los cuales se convierten en una amenaza para los ciudadanos y para ellos mismos. Sin embargo, las pandillas distribuyen la mayor parte de su tiempo en confrontación con otras pandillas,  consumo de  drogas y cuidar su territorio. A pesar de esto, los pandilleros también dedican tiempo a estar juntos y a la búsqueda de diversión como cualquier otro grupo de jóvenes de su edad.

Una cualidad que ha tenido el fenómeno, en el caso salvadoreño, es que ha sido dominado por la presencia de dos grandes grupos pandilleros: la mara Salvatrucha y la pandilla de la Calle 18.

Estos llamados sistemas pandilleros mantienen una presencia en casi todo el territorio nacional, a través de grupos más reducidos que cumplen con la adscripción territorial y que son llamadas clica en el caló pandillero; así una pandilla puede tener un gran número de clicas, dependiendo el número de barrios donde tengan presencia.

Sin embargo, estas clicas que pertenecen a una misma pandilla no tienen una dinámica de interacción formal entre ellas, simplemente se reconocen como parte de una misma gran pandilla MS o 18 y ello es suficiente para obtener protección en unos casos, o verse amenazados en otros cuando se encuentran en una barriada ajena.

Realmente el fenómeno de las pandillas no es importado, ya que, según investigaciones hechas sobre el tema, se muestra que el fenómeno no depende o no debe su origen a la repatriación de los jóvenes salvadoreños. En 1991, varios trabajos de investigación académica daban cuenta de la existencia de las pandillas como un problema serio en el país, el cual, según estos, data de los años setenta (Argueta, et al, 1992).

De acuerdo con el sondeo entre pandilleros realizado por algunas instituciones, solo aproximadamente el 11% de los jóvenes que habitaban en el área metropolitana de San Salvador, se incorporaron en los Estados Unidos. Más en lo que sí ha habido un impacto significativo de esa repatriación es en la importación de los estilos pandilleros.

A su retorno, a los jóvenes que habían estado en pandillas en el exterior esto les otorgó un estatus de liderazgo frente a los pandilleros locales, quienes rápidamente adoptaron los usos y modas foráneos a su vida cotidiana.

Los medios de comunicación de masas han influido de manera alarmante, ya que por medio de la música, los vídeos y las películas los niños, niñas y jóvenes han ido adquiriendo otra cultura que los hace perder su propia identidad, debido a que están en una etapa de formar su personalidad.

Es aquí donde la familia tiene que incidir fuertemente en inculcar valores y luchar en contra  del  bombardeo de los distintos programas violentos que transmiten los medios de comunicación que están cargados de antivalores, ya que, si el joven no tiene buenas bases de formación, será una esponja que absorberá todo lo que ve y oye, hasta ser capaz de odiar y asesinar solo por placer.

En muchas ocasiones suele decirse que los jóvenes se integran a las pandillas por la desintegración familiar, por la pobreza o por motivaciones de los pandilleros. Sin embargo, todas estas posibilidades, según investigaciones y entrevistas, quedan descartadas. El problema radica en la falta de comunicación entre padres, madres, hijos e hijas por dedicarle mucho tiempo al trabajo.

Paquito

Este es el testimonio de Paquito (nombre ficticio). Es un joven de apenas 15 años, vive con su papá y su mamá, tiene cinco hermanos; su aspiración es llegar a ser bachiller y tener un trabajo seguro.

Paquito se comenzó a reunir con los “amigos” para jugar fútbol; a veces regresaba a su casa después del juego, a las siete de la noche. Los amigos lo motivaron a consumir droga, se reunía con ellos con bastante frecuencia después de horas de clase, le enseñaron a usar armas y así comenzó el vacile.

Luego empezó a salir por las noches; se vestía de negro, con gorro pasamontañas y arma. La mamá lo aconsejaba, pero él no le obedecía. Paquito suele quejarse mucho de que su padre no le presta atención; dice que él, para el papá, no es importante, porque quiere más a sus demás hermanos(as) que a él.

Manifiesta que en muchas ocasiones ha querido platicar con él,  pero que nunca está dispuesto a escuchar. Esta actitud de su padre le molesta mucho; es  por ello que decidió involucrarse a las pandillas, porque ahí lo entienden, lo apoyan, le proporcionan celulares para que sirvan de “postes”, que son los que avisan cuando está cerca la policía o los rivales; escuchan música alusiva a las pandillas, le prometieron ropa, zapatos y dinero.

Este joven faltaba a clases con frecuencia, no entregaba tareas, su comportamiento era bastante agresivo, porque a veces llegaba drogado.

La mamá de Paquito se acercó a la maestra y le contó todo el problema. La maestra habló con Paquito sobre los valores espirituales, de lo importante que es él como persona; y así lo hizo en varias ocasiones. Además aconsejó a la madre para que buscara ayuda. Ella habló con la policía y los agentes lo aconsejaron. Él escuchó y se ha alejado un poco de las malas compañías.

Las opciones de Paquito, si sigue en el vacile, sería muerte, cárcel o quedar en una silla de ruedas si la pandilla rival lo ataca o seguir preso en su mismo mundo  de drogas y violencia.

Si las madres y los padres de familia estuvieran más entregados a hablar, escuchar y orientar a sus jóvenes hijos (as) viviéramos en una sociedad sin odio, ni resentimientos, en paz.

Realmente la familia, que es el primer agente de socialización, no está desempeñando su papel como tal, ya que lo importante para los padres es el sustento diario y mandar a sus hijos (as) a la escuela, pero se olvidan de la parte emocional.

Debido a este fenómeno, los jóvenes bajan en su rendimiento académico, dejan de asistir a clases por un determinado tiempo, hay deserción escolar por las amenazas que reciben de los grupos delincuenciales,  ya que asisten a centros educativos ubicados en un territorio ajeno a su lugar de residencia.

Es de esta manera como muchos jóvenes se ven obligados a tener un futuro truncado; inician el año escolar con entusiasmo, con el sueño de lograr sus propósitos, pero estos se ven desafiados por las rivalidades entre pandillas, por pertenecer a un determinado sector o barrio. Muchos jóvenes no salen de sus lugares de residencia por temor a amenazas, a ser golpeados, secuestrados o hasta asesinados.

A veces dicen “para qué estudiar”, porque ya no pueden salir de sus territorios con ese propósito de trabajar. Están en una encrucijada en donde, para ellos, el futuro es incierto y, por lo tanto, es un FUTURO TRUNCADO.

 

CONCLUSIÓN

Si el Estado salvadoreño no acciona ante este fenómeno impulsando estrategias de prevención, nuestra juventud no tendrá otra opción más que integrarse a las pandillas como medida de sobrevivencia hasta tener el control del país.

Si las familias salvadoreñas, que son el principal agente de socialización que educa y transmite valores, no desempeñan su papel con responsabilidad, solo habrá un FUTURO TRUNCADO para nuestros jóvenes y para sus familias, puesto que no tendrán el soporte emocional, afectivo ni económico de sus hijos e hijas.

Sus padres tendrán que enterrarlos, ir a verlos a las cárceles o tenerlos en una silla de ruedas si la pandilla rival los ataca, o estar presos en su mismo mundo.

     

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