Mi Hogar

Profesor  René Marcelo Portillo Hernández

En la zona rural de nuestro país, en el diario vivir los niños, niñas, jóvenes y viejos pujan por sus sueños con pensamientos breves, cortos, que el viento se lleva; y en la noche fría regresan a sus sueños y es el único momento en el que se hacen realidad, en el petate, el tapesco o la cama de lona, fría, sola, que a veces  hace temblar y otras te da calor y, en algunas ocasiones, esperanza, esperanza que mañana será un día mejor.

¡Mentira! Esta vida es dura y solo al que le tocó nacer allí sabe lo bueno y malo que tiene. Y como dicen los viejos: “aquí me cortaron el ombligo y aquí quiero ser enterrado, no hay otro lugar mejor que mi casa, mi tierra, mi gente y mi cantón”.

Como todos los años, muchos niños esperan con ansias locas iniciar el año escolar para dejar la rutina de la casa, dejar el quehacer cotidiano, olvidarse de levantarse tan temprano para ir a mudar los bueyes que quedan a una hora de camino de la casa y caminar por esas calles solas y polvosas en las que de vez en cuando encuentran a un adulto y le dicen ¡buenos días!, siguiendo con su paso alegre, descalzo.

Pero qué importa eso en el campo, si en su mundo son felices jugando con un chirivisco, haciéndolo zumbar, cortando el aire; de vez en cuando dándole a los chuchos todos jiotosos y cenizos por el viento con polvo, que solo muestran los dientes de bravos y que seguramente es porque pasa un desconocido o por el hambre que tienen, pero que aun así siempre están cuidando la entrada de la casa del amo que de vez en cuando se le cae un pedazo de tortilla para que se “harten”.

Las niñas piensan que la escuela es un escape para dejar de hacer los oficios de la casa y no solo arreglar la cama, pasar la escoba para que el corredor de tierra se vea limpio, salir a buscar leña para cocer el maíz, hacer el café y hervir los frijoles, para que sus hermanitos menores se desayunen y le caiga algo en la panza porque la mamá ya se fue al mercado a vender y va a venir hasta en la noche.

Pobres almas solas a merced del tiempo, tiempo que no perdona a nadie y castiga cruelmente al que no hace buen uso de él.

¡Ah! la escuela. En ella se olvidan de ser adultos y adultas y vuelven a ser niños y niñas que gritan, juegan, corren, pelean, ponen diez quejas por minuto, pero son pequeñitos y que se va a hacer, así son: frágiles, deseosos de ser oídos, queridos, amor que encuentran a su manera entre el grupo. ¿Quién más los va a escuchar, si en la casa pasan solos? Aquí es el lugar donde pueden desahogar todos esos días que pasaron en la casa, la calle, el monte, solos con sus hermanitos y los animales.

Llegada la noche, a la espera de un abrazo o palabra bonita, la niña del campo espera la llegada de la madre cansada de vender, cansada de haber pasado peleando en el mercado porque otra está ocupando la misma orilla con su canasto y ella con un pequeño espacio se le sale la verdura, la papa, el chipilín, sumándole a eso los clientes regateando* porque todo lo quieren barato.

Además ha estado aguantando los buses viejos y oxidados que pasan tirando el poco de humo. Entonces llega a la casa con la esperanza de que haya frijoles en la mesa, tortilla tostada y un café, además que estén los platos lavados, los animales comidos. Ella piensa solamente en descansar y que no estén chingando los cipotes porque tiene mayores problemas en qué pensar y debe madrugar mañana para agarrar el camión, ir a escoger la mejor venta y llegar más temprano para que esa vieja puta no le ocupe el  espacio.

—Semejante huevona, ¿qué has hecho todo el día? Ya quisiera yo pasar todo el día en la casa haciendo nada como vos; pero si yo no voy a trabajar no nos hartamos en esta casa.

A todo esto ya son las nueve de la noche y se comienza a oír el cantar de los grillos, el aullido de los chuchos, el recorrido de los tacuazines arrastrando las hojas secas en busca de los huevos de las gallinas.

¡Chuchos cabrones que no dejan dormir!

Ideas vagas que pasan por la mente cansada de la mujer, echa un vistazo para ver si los cipotes ya se durmieron y los oye roncar mientras piensa que ya están grandes y que se cuidan solos, y se dice a ella misma:

Ya no se mueren, ya se criaron. Maldita la suerte de haber nacido pobre; trabajar para comer.

De repente recordó que en sus entrañas se mueve una nueva vida y que no se puede evitar porque el cura dice en la misa que Dios no quiere que el hombre y la mujer planifiquen, sino que se haga la voluntad de Dios. Lo más seguro que el padre de esa nueva criatura ni se haga cargo.

Los pensamientos pobres y herrados pasaban por su mente y nada se puede esperar si nunca la mandaron a la escuela porque su tata siempre dijo que él nunca fue a estudiar, que eso es perder el tiempo y que él sin necesidad de ir no se murió de hambre porque ha echado verga toda la vida, desde chiquito; además, las mujeres van a la escuela solo a buscar novio van y a salir panzonas; mejor que se queden cuidando la casa y a los hermanos. ¿Qué culpa tiene el indio si nunca le enseñaron o le explicaron?

Primer día de clases, día tan esperado por los niños y las niñas, todo es alegría, caras nuevas, expectativas. ¿Quién será mi profesor? Y a lo lejos lo ven caminando y gritan: ¡el profe! Y salen corriendo a encontrarlo con la esperanza de recibir un abrazo caluroso que desde el año pasado no sentían ¿Por qué nos cuesta demostrar afecto a las personas? ¿Será el miedo a que mal interpreten nuestras acciones?

La gente piensa que el profesor abraza a los niños con malicia. Entonces, piensan, en mejor evitar y así respetarlo con esas melenas despeinadas y hacer el trabajo por el que se ha venido. Pero mientras los profesores piensan eso, los niños y las niñas guardan la esperanza de una mirada compasiva, un abrazo tierno sin regaños, aquel afecto que llena el corazón de un sentimiento inocente.

Abren el portón de la escuela, tocan el timbre, se reúnen para dar las indicaciones generales, se dirigen al salón de clases, se presentan…

¿Por qué no ha venido tu hermano a clases? —pregunta el maestro— Hoy es el primer día.

Y el niño responde:

Es que mi mamá no lo mandó porque no tiene cuadernos, dice que hasta que los den en la escuela va a venir porque ella no tiene para comprar ni andar gastando en eso.

Mientras se pierden en el mundo de ilusiones, de juegos, hay una pequeña esperanza de que abran la cocina y comiencen a hacer el alimento que dan en la escuela; pero nunca abren la puerta de la bodega donde saben qué guardan el alimento. Ninguna madre de familia ha llegado.

Hoy no cocinarán, tal vez mañana y la tripa no deja de chillar. Y ve que algunos niños comen gustosos un guineo “majoncho” que alguna madre preocupada le puso en la mochila al niño, mientras él se dirige al chorro a engañar la tripa con un poco de agua y se dice: “tal vez mañana cocinan”.

Dichosos los niños que hasta el hambre olvidan con un rato de juego y que ya están acostumbrados a hacer un solo tiempo de comida.

Inician las clases y sacan de una bolsa de plástico negra los cuadernos, la mayoría, del año pasado, viejos, rotos, manchados, curtidos por el paso del tiempo y las manos sin lavar, el “cutuco” de lápiz… Pero son niños motivados por el estudio, olvidándose de sus problemas en la casa o la soledad que hay en ellas. Pero olvidar, ¡qué difícil es olvidar!

¿Olvidar cuando mataron a balazos a mi papá y que le dispararon cinco balazos por la espalda? Venía de mudar los bueyes y había pasado a cortar chipilín para la sopa cuando le salieron cuatro hombres. Iba con el hijo y les dijeron:

¡Párate ahí!

Yo no les hecho nada.

Y vos ándate a la mierda antes que te matemos también.

Al salir corriendo como si el viento lo llevara en sus alas a toda velocidad oyó los disparos y pensó: “mataron a mi papá, pero ¿por qué? si nosotros ni nos metemos con ellos”.

Ni sintió cuando ya estaba en la casa desesperado por lo que había pasado, no podía avisar a la mamá porque andaba en San Salvador lavando ajeno. Le avisó al tío lo ocurrido.

Fue el Garra quien le disparó. Ya ni se cubren la cara, pasan cuidando todo el día el callejón, amedrentan a la gente que pasa por allí y para los que viven en ese lugar ya no es vida. Pero ¿para dónde nos vamos si en todos lados está igual o peor de peligroso?

La Policía llegó a ver la escena del crimen y Medicina Legal a recoger el cadáver. En la noche lo velaron, al día siguiente en la tarde lo enterraron. Mientras, la madre se pregunta qué van a hacer ahora sin el esposo, sin el padre; los niños sienten la pérdida, lloran al padre, la vida sigue, las ilusiones y esperanzas desaparecen, la escuela se abandona y no para estudiar en otra, sino para siempre porque la  mamá  no puede arriesgarse a mandarlos solos a estudiar; y es mejor buscar otro trabajo, para que los ande cerca de ella.

Finalmente consigue vender pan y piensa que así los cuidará mejor, y si la van a matar, que los maten a todos de una sola vez.

Mientras, los viejos viven con sus recuerdos de la guerra que duró doce años y cuentan sus historias a cada persona que pasa por allí, uno se detiene a platicar con ellos, viejos que también quieren su atención; uno se da cuenta de que son  sabios que de niños jugaron, de adultos trabajaron la misma tierra que los hizo sudar para cosechar el frijol y el maíz: granos que no deben faltar en la mesa de todo hogar, ni la sal ni el café; pero viejos que hoy les cuesta levantarse de la silla y pasar la escoba en el patio.

Ahora solo pasa sentado en el tapesco, sentado en el tronco de un árbol viendo cómo se mueven las hojas del zapote y la mirada clavada a lo lejos y sus pensamientos e ideas más allá.

No puedo quejarme del lugar donde trabajo, ni de sus calles polvosas y secas, ni de la gente que habita en ese lugar, su agua simple o las tortillas con queso y frijol. Solo me toca llevar mi conocimiento y compartirlo con ese cantón lleno de esperanza de que se convierta en un lugar mejor para trabajar y vivir para la sociedad en general; si mi ayuda es poca como una gota de agua, lo haré y, si todos colaboramos, no será solo una gota, podremos hacer una lago, un mar… pero por algo tenemos que empezar.

     

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