Sepulcros blanqueados

Profesora Lidia Pineda Ordóñez
Cantón El Carmen, Cuscatlán

Mi abuela tenía razón al referirse a su nieta María y a sus vecinos con sus reflexiones filosóficas en su mismo rosario de penas, alegrías, esperanzas y, por supuesto, aferrada a su fe, así: “Sos candil de la calle oscuridad en la casa”, “por encima relumbrando y por dentro retumbando”.

La forma que tenía mi abuela para normar a la familia, educar y transmitir valores fuertemente fue por medio de su fe católica.

Hoy día la educación y la religión deben  ser cuestionadas y debemos ser duros ante ello, así como lo hacía mi abuela y aquel hombre palestino llamado Jesús de Nazaret.

Se reportan diariamente entre diez y doce personas asesinadas con lujo de barbarie, en quienes a través de las balas se manifiesta la venganza. La vida en estos días es como decía aquel cantautor mexicano, José Alfredo Jiménez, “la vida no vale nada”; pero los que matan y los matados son creyentes. Entonces la pregunta sería: ¿serán ateos?

Probablemente sean cristianos teóricos y ateos en la práctica. Veamos:

Paco y la niña Chica ha procreados cuatro hombres y cinco mujeres. Paco, después de veinte años de alcoholismo se hace religioso y se congrega en “La nueva evangelización”, una secta católica. La niña Paca tiene cuatro hijos, todos hombres, y sus edades oscilan entre seis y dieciséis años y dicen llevar una vida entregada a Cristo.

Paco tenía, en aquella época, cuarenta años. Hoy tiene sesenta y seis. De entrada se convierte en el coordinador de la “pequeña comunidad” y doña Chica en su auxiliar. También van a misa de nueve los domingos, luego se desplazan a otras comunidades a “evangelizar” mientras sus cuatro varones juegan carro, trompo, capirucho y fútbol en la calle.

En la pequeña comunidad se reunían tres veces a la semana: martes y jueves, de 4 a 6 de la tarde y sábados, de 2 a 6 de la tarde. A esa hora sus hijos, además de jugar, acarreaban agua y leña. Y así transcurría la vida. Paco casi había abandonado la agricultura porque su religiosidad no le permite dedicarle mucho tiempo y la niña Chica ya casi no va al mercado, pues tiene que congregarse en la pequeña comunidad.

Tato, su primer hijo, ingresa al ejército (nació en 1993) y salió al haber cumplido veinte años. Poco después se acompañó con Lucy. Luego volvió a ingresar al Ejército. No  se sintió cómodo adentro, así que decidió volver a salirse.

Su mamá y su papá probablemente ni se dieron cuenta de todo ello, como tampoco de los veinte años de alcoholismo que había vivido y de su actual religiosidad.

Sus hijos son: Tato, con veinte años; Pombo, el segundo, que estudiaba en ese entonces sexto grado; Lito, el tercero, que estudiaba segundo grado y Mime, que iba a kínder.

En la escuela estos alumnos no obtenían sus mejores notas, su aplicación era deficiente, sus padres eran llamados a las escuelas de padres y a la entrega de notas, pero nunca asistieron porque coordinaban la “pequeña comunidad” precisamente los días de esas reuniones.

Tato, fuera del ejército, trabajaba, consumía licor, se deleitaba como todo un hijo de Júpiter e iba de balcón en balcón en la avenida Santiago José Celis. Paco y Chica con su pequeña comunidad iban a praderas, llanos y valles pastoreando ovejas, repitiendo los Diez Mandamientos, deslizando por sus callosas y envejecidas manos los pacunes de la camándula.

De repente, un día, el profesor se encontró con Tato y sorprendido le dijo:

— ¿Y qué te pasa?

En seguida le vio un arete en la oreja y otro en una fosa nasal.

—Agarré la onda, profe.

Ambos entablaron una discusión, se encaminaron y el profesor lo regañó para hacerle entrar  en razón.

Finalmente, Tato terminó diciéndole:

—Mirá, por mi madre vivo y por mi barrio muero.

El profe se río y le dijo:

—¿Cuál barrio? Si este es un cantón donde apenas hay energía eléctrica y una escuela con hasta 6° grado.

Y como Tato tenía un orificio que parecía túnel de la carretera del litoral de oreja a oreja, las palabras del profe le entraron por un lado y le salieron por el otro; era un “San Antonio de cabeza” que no escuchaba a la cipota veterana calenturienta.

Tres años después, un 2 de mayo, le dieron por anticipado el regalo del Día de la Madre a dona Chica. A eso de las once con treinta y un minutos de la noche, perdigones disparados por un caño de hierro se incrustaban en la cabeza de Tato, quizá sondeándole  el cerebro; otro en la caja torácica, como maicillo guardándose en un silo.

Las voces del silencio se escucharon en el cantón, en la pequeña comunidad… voces de la muerte y el grito de Tato que pedía clemencia con unos tragos de agua perversa adentro.

Don Paco y la niña Chica, adormitados, se levantan semidesnudos para darse cuenta de la gran sorpresa: ¡mataron a Tato!, cumpliéndose lo que él había dicho: “por mi barrio muero”.

Enseguida doña Chica se sacó la camándula de su sostén y empezó a rezar. Paco, tartamudo de nacimiento, no supo decir ni media palabra. Amaneció y Tato estuvo ante la mirada de todos sus hermanos. Nadie derramó lágrimas.

La policía custodió el área hasta que los señores de Medicina Legal recogieron el cuerpo de Tato para colocarlo en una bolsa negra y llevarlo a San Vicente para examinar los quince impactos de bala que recibió, determinando que el primero que entró en su frente fue el que le causó la muerte al instante.

Por otro lado, Pombo, hermano de Tato, crecía en medio de la religiosidad de sus padres. Estos, ya tenían a quien encomendar en sus oraciones. En medio de la educación a media tinta de la escuela se iba endulzando más los oídos sobre la pandilla. Creyendo que a su hermano Tato lo habían asesinado por gusto, entró en una fuerte depresión, tanto así que quiso suicidarse.

El profesor miraba su bajo rendimiento escolar y por eso decidió sentarlo por una piedra para poder hablar tranquilamente. Le ofreció libros de superación de Paulo Cohelo y le habló de ver la vida desde otro ángulo, expresión que Pombo no entendió porque ni siquiera sabía utilizar el transportador en la medición de ángulos, mucho menos en la vida.

Pero el docente no conocía la situación que Pombo había pasado, viendo el ejemplo que su hermano Tato le daba al usar vestimenta inadecuada, escuchando un lenguaje soez y por las reuniones que hacía con el Cri-cri y el Naringón. Todo ello hizo que Pombo se enredara con esas mismas amistades para vengar la muerte de su hermano.

Como lo dijo el poeta “una mañana de octubre cuando el sol dio sus primeros rayos” yendo en el bus, Pombo se encontró con los encomenderos de la muerte de su hermano Tato. Decidió cobrar venganza. Se levantó a retarlos pero no se percató de que enseguida los muchachos lo estaban apuntando con varias armas en medio de la gente, que se había quedado pálida. Pombo decidió bajarse pronto y salir corriendo, pero los muchachos lo siguieron disparando por todos lados, por lo que finalmente esos disparos terminaron en su cuerpo.

Pombo entró en el hospital para recuperarse y su profesor, preocupado por él, en su carcachita fue a verlo. Para su sorpresa, lo encontró tuerto, manco y señalado para toda su vida. Así estaba, pues, el muchacho que posiblemente, luego de su recuperación completa, seguiría en sus andanzas y malandanzas, mientras su papá Pancho sigue catequizando y evangelizando.

Conclusión:

Como padres y madres de familia podemos descuidar algo tan preciado que son los hijos. La niñez de El Salvador está perdida debido a varios factores.

     

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