Un análisis superficial, económico y social sobre la pandemia y la tormenta tropical Amanda

José Joaquín Aparicio Cáceres
Docente de la Utec

 Las preocupaciones con el actual escenario global se focalizan en la pandemia del nuevo Covid-19. Una de las principales complicaciones está en la variable económica, por los impactos causados por la paralización global que ha generado inmediatamente una pesada recesión económica. 

Esas variables preocupan a los especialistas quienes, supuestamente, están en la búsqueda de una solución. La economía global está en recesión, teniendo como principal consecuencia el crecimiento del desempleo, entre algunos de los efectos. 

Por otro lado, la OMS dicta sus recomendaciones, pero las opiniones se dividen entre la preocupación de la caída del crecimiento económico, que es mayor que la preocupación de la terrible enfermedad. 

Una opción sugerida es la de parar total o parcialmente la actividad económica como forma de aislar a las personas y disminuir el riesgo del contacto directo y de la contaminación. Es una acción de corto o de mediano plazo que puede limitar los efectos mucho más negativos a largo plazo. 

Si la economía no se paraliza y las personas continúan trabajando, hay una gran probabilidad de una rápida proliferación del virus, lo que talvez conllevaría a una paralización de la economía y quiebra mayor en el largo plazo. Así, las empresas quebrarían y las personas morirían en grandes cantidades, lo que generaría una gran pérdida en la capacidad productiva de los países. 

La cuarentena, que está siendo una decisión médica y sanitaria, tiene un componente más amplio e importante, su impacto en la economía. Los gobernantes y formadores de políticas públicas tienen la responsabilidad de pensar en el dilema, economía versus pandemia o economía y pandemia.  

Los economistas y futurólogos intentan definir como sería la economía después de la pandemia cuáles y cuántas serían las pérdidas originadas después del colapso global. Ciertamente, habrá necesidad de políticas agresivas de recuperación, pero hoy por hoy y como forma de superar la crisis económica, los gobiernos adoptan medidas que ciertamente provocarán un rápido y expresivo crecimiento de la deuda pública, por los auxilios financieros a los segmentos menos favorecidos de la población y los gastos médicos para limitar la pandemia.  

Los gobiernos gastan en tratamientos médicos para la población y el aislamiento impide la realización de actividades económicas que podrían equilibrar la economía. Entraron en un laberinto aparentemente sin salida. 

Es un fenómeno que afecta a cada país individualmente, según sus características geográficas, demográficas, sociales, políticas y económicas y, al mismo tiempo, a todos los países del mundo en un efecto dominó. En nuestro caso, la economía de la mayoría de los países de América Latina se apoya en actividades productoras del sector primario. Son productos agropecuarios, de la extracción vegetal, animal y mineral. 

Aliado a esa realidad productiva está la creciente deuda externa y la dificultad de los gobiernos en pagarla. La causa principal, tenemos una gran desventaja en la relación comercial internacional que nos genera cada vez menos divisas.  

Productos primarios con precios en vertiginosa caída versus productos con elevado valor tecnológico y con precios en vertiginosa subida. Cada vez se necesitan más toneladas de materias primas exportadas para comprar los productos fabricados y exportados por los países industrializados y tecnológicamente avanzados. En ese contexto están otros problemas estructurales relacionados con las crecientes y elevadas tasas de inflación y de interés sobre los préstamos concedidos por las agencias internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) en nuestras economías aumentando así el grado de dependencia. Ese modelo, llamado neoliberal, provoca desempleo, crecimiento de la pobreza, de la economía informal y elevación del costo de vida. 

El Salvador hace parte de este contexto y sufre con los efectos de la pandemia, aliado a la coyuntura económica histórica de atraso y pobreza. También en el país, la elevada informalidad caracteriza al mercado de trabajo, lo cual se refleja en que hay un gran déficit de trabajo decente. Datos de la OIT afirman que la tasa de informalidad llega a 50% de los trabajadores.

Esa situación se potencializa entre los jóvenes. La tasa de desempleo urbano entre los jóvenes latinoamericanos entre 15 y 24 años llegó a 18% (2018), una proporción que triplica la tasa de los adultos y es más del doble que la tasa general de desempleo promedio.  

Por otra parte, 6 de cada 10 jóvenes que si consiguen ocupación se ven obligados a aceptar empleos en la economía informal, lo que en general implica malas condiciones de trabajo, sin protección ni derechos y con bajos salarios y baja productividad. Por otra parte, hay una proporción de jóvenes que no estudian ni trabajan, debido en gran parte a la frustración y el desaliento por la falta de oportunidades en el mercado laboral. 

Delante de esa situación endémica e histórica, sin solución aparente, de pobreza, desempleo, dependencia económica, bajos índices sociales de educación y salud pública tradicionales, se suma la pandemia del Covid 19 y recientemente la tormenta tropical Amanda, que vienen a impactar e impedir de forma más drástica (en el corto plazo) la realización de actividades económicas que permitan por lo menos mantener la supervivencia del manto social y económico. 

Nuevamente la encrucijada: los gobernantes y formadores de políticas públicas tienen la responsabilidad de pensar y decidir en dilema, economía versus pandemia o economía y pandemia. Y también, en nuestro caso, esos fenómenos malignos son llevados a la esfera de la política partidaria a manera de favorecer intereses extraños. A quien cabe decidir debe hacerlo en beneficio y bienestar de las mayorías y no en provecho de minorías.  

Si corremos, el mal nos irá a perseguir y, si nos paramos, el mal nos va a agarrar.  Oh dilema. Quien vivir, verá!! 

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